Treinta segundos.

Primero fue la rabia, al saberla con otro, el latido rugiente retumbando en la caverna de mi pecho, las prisas por ir a ninguna parte, las lágrimas de lava asomadas por los ojos en el volcán de mi alma, las manos vacías que contenían en sus puños apretados toda la impotencia del mundo. Luego… nada.

Primero fue la segunda persona del pretérito presente del modo dubitativo en tercera persona de mi singular plural, el laberinto de rosales con espinas, la batalla en mi mente conmigo mismo, el “te quiero”, el “la odio”, el “te necesito”, el “que se olvide de mí”, el “dame otra oportunidad”, el “no la soporto más”, el “eres la mujer de mi vida”, el “fue mi mayor error”. Luego… nada.

Treinta segundos tardó en llegar el sosiego, el eterno descanso del guerrero, la calma de haber construido su camino a la felicidad; muchas veces me pillé los dedos entre adoquines y otras tantas me pisó sin piedad en su ansiedad por apagar el incendio de su alma. Durante treinta segundos volvió a ser todo en mi vida, como la bocanada de aire que precede a la expiración, y luego… nada.

 

Aquí acaba todo, sé feliz.

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